Todo lo que nunca elegimos elegir

Sobre la extraña libertad de elegir dentro de sistemas que ya han decidido qué merece ser deseado.

@aaronretamero · 3 ago 2026

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Son las dos de la mañana.

Tengo delante más opciones de las que podría consumir en varias vidas.

Miles de películas.

Millones de canciones.

Personas de cualquier lugar del mundo.

Ropa de cualquier estilo.

Opiniones sobre cualquier tema.

Trabajos que hace veinte años no existían.

Herramientas capaces de convertir casi cualquier idea en algo real.

Puedo elegir qué ver, qué escuchar, qué comprar, qué aprender, con quién hablar y qué versión de mí enseñar mañana.

En teoría, nunca habíamos sido tan libres.

Y, sin embargo, hay algo raro.

Cuantas más opciones aparecen delante, más parecidas empiezan a sentirse las vidas que construimos con ellas.

Distintas prendas, pero los mismos cuerpos intentando resultar deseables.

Distintas profesiones, pero la misma necesidad de convertir cada hora en algo útil.

Distintas opiniones, pero una urgencia idéntica por pronunciarlas antes de haberlas pensado.

Distintas identidades, cuidadosamente personalizadas dentro de las mismas plataformas.

Tenemos miles de caminos.

¿Por qué tantos parecen conducir al mismo sitio?

Esa pregunta lleva un tiempo molestándome.

Porque quizá confundimos libertad con cantidad.

Vemos muchas opciones y asumimos que somos libres porque podemos escoger entre ellas.

Pero nadie llega a una elección desde la nada.

Cuando abrimos una aplicación, las opciones ya están ordenadas.

Cuando entramos en una tienda, los objetos ya han sido colocados.

Cuando pensamos en el éxito, ciertas imágenes llevan años esperándonos dentro de la cabeza.

No sabemos quién las puso ahí.

Solo sabemos reconocerlas.

Una casa concreta.

Un cuerpo concreto.

Una forma concreta de ser admirado.

Una cifra.

Una profesión.

Una relación.

Una vida que, vista desde fuera, parezca estar ocurriendo correctamente.

Podemos escoger cómo llegar.

Rara vez nos preguntamos por qué todos hemos aprendido a desear llegar al mismo lugar.

Elegir dentro de un menú no significa haber decidido la comida.

La frase parece simple hasta que intentas encontrar algo en tu vida que no haya llegado ya acompañado de un menú.

Puedes elegir qué teléfono comprar.

No elegiste vivir en una sociedad donde no tener uno te deja parcialmente fuera.

Puedes elegir tu ropa.

No elegiste todas las cosas que esa ropa comunicará antes de que abras la boca.

Puedes elegir qué estudiar.

Pero la época ya decidió qué conocimientos tendrán prestigio, cuáles serán rentables y cuáles tendrás que justificar durante toda tu vida.

Incluso puedes elegir no participar.

Pero hasta esa decisión tendrá un precio calculado por un sistema que existía antes de que tú llegaras.

Eso no significa que todas nuestras decisiones sean falsas.

La elección ocurre.

El problema está un poco antes.

En el lugar donde se fabrica aquello entre lo que podremos elegir.

La libertad empieza a resultar extraña cuando descubres que alguien preparó la habitación, colocó los objetos, reguló la luz y decidió qué puertas serían visibles.

Después te dejó entrar solo.

No hubo órdenes.

Nadie tuvo que empujarte.

Elegiste exactamente lo que quisiste.

Solo que quizá nunca pudiste querer aquello que permanecía fuera de la habitación.

Ahí empieza a cambiar la forma del control.

Ya no se parece a un policía.

Se parece a una recomendación.

No prohíbe.

Sugiere.

No obliga.

Ordena posibilidades.

No te dice quién tienes que ser.

Te enseña, miles de veces, qué versiones de una persona reciben atención, dinero, deseo y reconocimiento.

Después espera.

La mente aprende rápido.

Aprende qué debe ocultar.

Qué conviene mostrar.

Qué aspecto tiene una vida que merece admiración.

Qué clase de fracaso puede convertirse en una historia inspiradora y cuál debe desaparecer en silencio.

Nadie necesita entregarnos un manual.

Las recompensas hacen el trabajo.

Un número sube.

Una publicación funciona.

Una imagen recibe atención.

Una forma de hablar provoca reacción.

Y algo dentro empieza a tomar notas.

La próxima vez ajustamos un poco la conducta.

Después otro poco.

Al principio parece adaptación.

Más tarde lo llamamos personalidad.

No recuerdo el momento exacto en el que muchas personas empezamos a mirarnos desde fuera.

Quizá ocurrió lentamente.

Una fotografía que no gustó.

Un vídeo que funcionó demasiado bien.

Una comparación que parecía inocente.

La sensación de que otra persona estaba viviendo una versión más completa de la vida.

Hasta que un día ya no haces algo únicamente porque quieres hacerlo.

También observas cómo quedará mientras ocurre.

La experiencia se divide.

Una parte de ti vive.

La otra evalúa.

¿Merece ser mostrada?

¿Dice algo interesante sobre mí?

¿Encaja con la persona que intento construir?

¿Puede convertirse en una prueba de que estoy aprovechando mi vida?

No siempre necesitamos que alguien nos vigile.

A veces instalamos al espectador dentro.

Y, cuando eso ocurre, incluso estando solos seguimos actuando.

La forma más sofisticada de control no consiste en impedirte hacer algo. Consiste en conseguir que nunca desees salir de las opciones que te han preparado.

Eso es mucho más eficiente que una prohibición.

Una prohibición produce resistencia.

Un deseo se siente íntimo.

Puedes discutir con una orden.

Es mucho más difícil discutir con algo que habla utilizando tu propia voz.

«Quiero ser más productivo.»

«Quiero mejorar mi cuerpo.»

«Quiero ganar más.»

«Quiero que esto se vea bien.»

«Quiero llegar más lejos.»

No hay nada necesariamente malo en ninguna de esas frases.

Lo inquietante aparece al preguntar qué ocurriría si las siguiéramos hasta el principio.

¿Dónde nació ese deseo?

¿Qué promete resolver?

¿Qué versión de mí cree que aparecerá cuando lo consiga?

¿Y por qué esa versión me parece superior a la que existe ahora?

La mayoría de los deseos no llegan con una etiqueta indicando su procedencia.

No dicen:

Esta inseguridad fue fabricada.

Esta ambición fue recompensada hasta parecer natural.

Esta necesidad empezó como una comparación.

Simplemente aparecen dentro.

Y, como están dentro, asumimos que son nuestros.

Puede que lo sean.

Pero pertenecer a alguien no es lo mismo que haber nacido de él.

Hay ideas que llevan tanto tiempo habitándonos que ya conocen nuestra voz mejor que nosotros.

A veces el mercado no vende un producto.

Vende primero una grieta.

Te enseña una versión de tu cuerpo ligeramente mejor.

Una casa más limpia.

Una vida más intensa.

Una persona más interesante.

Alguien que trabaja más, viaja más, gana más, siente más y parece necesitar menos.

La comparación abre el espacio.

Después aparece la solución.

No compramos únicamente un objeto.

Compramos durante unos minutos la posibilidad de dejar de sentirnos insuficientes.

Hasta que la sensación vuelve.

Tiene que volver.

Un sistema basado en resolver definitivamente la carencia se destruiría a sí mismo.

Necesita que mejoremos sin llegar nunca.

Que avancemos sin sentirnos completos.

Que cada solución revele un problema nuevo.

Por eso resulta tan difícil saber cuándo estamos construyendo una vida y cuándo simplemente estamos manteniendo activa una necesidad.

Nos dieron infinitas opciones para que nunca preguntáramos quién diseñó el sistema.

La variedad distrae.

Podemos pasar horas decidiendo entre productos casi idénticos.

Personalizando colores.

Moviendo componentes.

Eligiendo una estética.

Sintiendo que cada detalle expresa nuestra individualidad.

Mientras tanto, la pregunta importante queda intacta.

¿Por qué necesito esto?

¿Quién gana cuando siento que me falta?

¿Qué parte de mi identidad depende de que los demás reconozcan la elección?

El sistema no teme demasiado nuestras diferencias.

Ha aprendido a venderlas.

Puede convertir la rebeldía en una colección.

La vulnerabilidad en contenido.

El minimalismo en productos.

La desconexión digital en otra campaña digital.

Incluso el rechazo al sistema puede transformarse en una identidad perfectamente comercializable dentro de él.

Esa parte me parece casi brillante.

Puedes criticar la plataforma desde la plataforma.

Convertir la crítica en una publicación.

Medir su alcance.

Esperar una reacción.

Y sentirte mal si el sistema que acabas de cuestionar decide no enseñársela a nadie.

No hace falta censurar la disidencia cuando puedes monetizarla.

No hace falta eliminar la diferencia cuando puedes asignarle una categoría.

El sistema no necesita que todos parezcamos iguales.

Solo necesita que todas nuestras formas de ser distintos continúen pasando por él.

Y yo no estoy fuera.

Eso sería lo fácil.

Hablar de algoritmos, empresas y publicidad como si yo observara la máquina desde algún lugar limpio.

También construyo sistemas.

Diseño experiencias.

Pienso en cómo una persona interpretará una forma, una palabra o un color.

Intento convertir ideas en objetos deseables.

Miro métricas.

Analizo reacciones.

A veces compro herramientas para tener más libertad y termino utilizándolas para exigirme producir todavía más.

Una máquina me ahorra una hora.

Yo no recupero esa hora.

La relleno.

Automatizo una tarea y convierto el espacio liberado en capacidad para soportar otras tres.

Construyo una estructura para no depender tanto del trabajo.

Después trabajo para mantener la estructura.

Hay días en los que no sé si estoy creando libertad o diseñando una jaula con mejores materiales.

Eso cambia la reflexión.

Porque ya no puedo reducirla a un sistema externo que nos manipula.

La máquina funciona también gracias a algo muy humano.

Nuestro miedo a no importar.

A quedarnos atrás.

A no aprovechar suficiente la vida.

A ser reemplazables.

A descubrir que podríamos haber sido más y no lo fuimos.

El sistema no inventó todos esos miedos.

Pero aprendió a hablar con ellos.

Los convirtió en botones.

Y nosotros seguimos pulsándolos pensando que son decisiones.

La jaula perfecta no limita tus movimientos. Diseña tus deseos.

Una jaula con barrotes es fácil de reconocer.

Esta no.

Puedes moverte.

Viajar.

Cambiar de profesión.

Comprar cosas nuevas.

Borrar tu identidad y construir otra.

Puedes correr tanto como quieras.

De hecho, correr ayuda.

Mientras te mueves, resulta difícil comprobar si estás avanzando o simplemente recorriendo el perímetro.

Quizá por eso estamos tan ocupados.

No porque todo lo que hacemos sea importante.

Sino porque detenernos dejaría espacio para una pregunta que no sabemos responder.

Si nadie pudiera verlo, ¿seguiría queriéndolo?

Intenté hacerme esa pregunta con cosas concretas.

No como ejercicio filosófico.

Como una prueba.

Si nadie supiera lo que he construido, ¿seguiría queriendo construirlo?

Si una prenda no pudiera llevar mi nombre, ¿seguiría obsesionándome con cada detalle?

Si no existieran métricas, ¿seguiría considerando valioso el mismo trabajo?

Si una experiencia no pudiera convertirse en fotografía, ¿seguiría sintiendo que merece la pena?

Las respuestas no son limpias.

Hay cosas que sí.

Ideas que seguiría necesitando sacar de mi cabeza aunque desaparecieran después.

Objetos que quiero ver existir aunque nadie los admire.

Problemas que resolvería por el simple placer de entenderlos.

Pero también hay deseos que se debilitan cuando retiro al espectador.

Objetivos que parecían importantes hasta imaginar que nadie podría reconocerlos.

Ambiciones que quizá no prometían felicidad.

Prometían legibilidad.

La posibilidad de que alguien mirase mi vida y entendiera rápidamente que tenía valor.

Eso me incomoda.

Porque significa que a veces no queremos ciertas cosas por lo que son.

Las queremos por la historia que permiten contar sobre nosotros.

No compramos únicamente objetos.

Compramos evidencia.

No perseguimos únicamente experiencias.

Perseguimos pruebas.

Pruebas de que avanzamos.

De que elegimos bien.

De que somos distintos.

De que no desperdiciamos nuestras posibilidades.

Y una vida dedicada a producir pruebas puede parecer llena desde fuera mientras se siente extrañamente ausente por dentro.

Ahí apareció otra pregunta.

Si eliminara todo lo que alguien colocó dentro de mí, ¿qué quedaría?

La respuesta más honesta es que probablemente nada reconocible.

No existe una versión pura de mí esperando debajo de las influencias.

No elegí el idioma con el que pienso.

Ni la cultura que dio forma a mis ideas.

Ni el cuerpo desde el que percibo el mundo.

Ni la época que decidió qué problemas serían posibles.

Incluso mi manera de rebelarme pertenece, en parte, a aquello contra lo que me rebelo.

Buscar una elección completamente limpia sería buscar una persona que nunca hubiera sido tocada por nada.

Eso no sería libertad.

Sería inexistencia.

Entonces el problema no puede consistir en eliminar toda influencia.

No podemos salir completamente de la habitación.

Ni borrar el menú.

Ni fabricar desde cero una mente que no haya aprendido nada de otros.

Quizá la pregunta estaba mal formulada.

No se trata de descubrir qué deseos son exclusivamente nuestros.

Se trata de reconocer cuáles siguen teniendo sentido después de observar de dónde vienen.

Un deseo puede haber sido aprendido y continuar siendo verdadero.

Una influencia no invalida automáticamente una decisión.

La diferencia está en poder verla sin tener que obedecerla.

Sentir una necesidad sin convertirla inmediatamente en movimiento.

Notar una inseguridad sin comprar la primera solución.

Contemplar una vida ajena sin usarla como prueba contra la propia.

Recibir una opción sin asumir que debe elegirse.

Hay un instante pequeño entre lo que el mundo propone y lo que nosotros hacemos con ello.

Casi nunca parece importante.

Una pausa.

Una incomodidad.

Una pregunta que interrumpe el impulso.

Pero quizá toda la libertad que podemos recuperar vive ahí.

No en elegir entre más cosas.

En ser capaces de no elegir todavía.

En soportar durante unos segundos no saber qué queremos.

El sistema funciona mejor cuando reaccionamos rápido.

Cuando compramos antes de entender la carencia.

Opinamos antes de terminar el pensamiento.

Nos definimos antes de conocernos.

Convertimos cada vacío en consumo, ruido, productividad o imagen.

Detenerse rompe algo.

No destruye la máquina.

Pero impide que actúe a través de nosotros sin ser vista.

Quizá la libertad nunca fue escapar de todo condicionamiento.

Quizá era conseguir que aquello que nos condiciona dejara de ser invisible.

Ver la habitación.

Notar la luz.

Reconocer quién colocó las puertas.

Entender por qué una parece atractiva y otra ni siquiera parece una puerta.

Y después elegir.

No desde un lugar puro.

No existe.

Pero sí desde un lugar un poco más consciente.

Eso no garantiza que tomemos la decisión correcta.

Puede que sigamos escogiendo exactamente lo mismo.

La diferencia es que ya no podremos fingir que la opción apareció sola.

Sabremos qué miedo la hizo atractiva.

Qué recompensa promete.

Qué parte de nuestra identidad intenta proteger.

Y qué precio estamos dispuestos a pagar por mantenerla.

La mayoría de las jaulas no desaparecen cuando las reconoces.

Pero dejan de parecer el mundo entero.

Eso quizá sea suficiente para empezar.

Porque la libertad no siempre consiste en atravesar una puerta.

A veces empieza mucho antes.

En el momento exacto en el que miras alrededor y comprendes que alguien decidió dónde colocarla.

Tal vez la primera elección verdaderamente nuestra no sea qué camino tomar.

Tal vez sea atrevernos a preguntar por todos los caminos que nunca llegaron a enseñarnos.

Por las vidas que no aprendimos a desear.

Por las posibilidades que quedaron fuera del lenguaje.

Por las preguntas que el menú consiguió mantener ocupadas.

Por todo aquello que nunca rechazamos porque nunca supimos que existía.

Por todo lo que nunca elegimos.

Y, sobre todo,

por todo lo que nunca elegimos elegir.