Criterio volviendo al sitio

Sobre imagen, performance social y la necesidad de relaciones donde poder descansar.

@aaronretamero · 13 jun 2026

6 min de lectura · 5 visitas

Hay algo de la sociedad actual que me agota profundamente: la sensación de que casi todo se ha convertido en imagen.

No imagen en el sentido simple de vestir bien, subir una foto o cuidar cómo te presentas. Eso lo entiendo. La imagen siempre ha existido. Siempre ha habido estatus, atractivo, reputación, poder, deseo, apariencia. No soy ingenuo. Sé que la percepción importa. Sé que cómo dices algo puede pesar tanto como lo que dices. Sé que el mundo no funciona solo por verdad, mérito o profundidad.

Lo que me cansa es otra cosa.

Me cansa sentir que muchas interacciones humanas ya no son interacciones reales, sino pequeñas estrategias de posicionamiento. Gente diciendo cosas no porque las sienta, sino porque quiere provocar una reacción. Gente jugando al misterio para enganchar. Gente lanzando señales ambiguas para generar atención. Gente proyectando una identidad que no necesariamente corresponde con lo que es. Gente adaptando su discurso según lo que cree que le hará quedar mejor. Gente que no quiere ser vista: quiere ser percibida de una forma concreta.

Y lo peor es que no me cuesta verlo. Lo analizo casi sin querer.

Veo cuándo alguien busca validación. Veo cuándo alguien intenta generar celos. Veo cuándo alguien dice algo para parecer interesante. Veo cuándo alguien cambia de postura porque ha detectado que su primera reacción no encajaba con la moral del otro. Veo cuándo alguien no está conversando, sino interpretando un papel. Y aunque a veces pueda equivocarme, el patrón general se nota muchísimo.

Eso es lo que me agota: no la existencia del juego social, sino tener que participar constantemente en él.

Tener que medir si una frase suena arrogante. Tener que callar algo verdadero porque puede incomodar. Tener que suavizar una realidad evidente para que nadie se sienta inferior. Tener que explicar menos porque si explicas demasiado parece que presumes. Tener que aparentar menos intensidad para no parecer necesitado. Tener que controlar si contestas rápido o lento, si muestras interés o no, si estás demasiado disponible, si pareces misterioso, si pareces frío, si pareces seguro, si pareces humilde.

Al final parece que muchas veces no vivimos, sino que gestionamos percepción.

Y las redes sociales han amplificado esto hasta un punto absurdo. Antes una persona competía con su entorno. Ahora compite con el mundo entero. Con cuerpos imposibles. Con vidas editadas. Con caras perfectas. Con viajes. Con dinero. Con estética. Con relaciones expuestas. Con una versión seleccionada de miles de personas que ni siquiera viven así todo el tiempo.

La comparación ya no es local. Es global, constante y algorítmica.

Y en ese entorno, el físico pesa más que nunca. La imagen pesa más que nunca. La capacidad de proyectar deseo, éxito, misterio o estatus puede llevarte lejísimos aunque detrás no haya demasiada sustancia. Puedes construir una presencia muy poderosa solo sabiendo parecer. Sabiendo posar. Sabiendo insinuar. Sabiendo no decir demasiado. Sabiendo crear hambre alrededor de ti.

Eso me molesta porque no es que yo no entienda el juego. Es justo lo contrario: lo entiendo demasiado.

Entiendo que la percepción mueve el mundo. Entiendo que una marca necesita aura. Entiendo que Disocy también trabaja con imagen, deseo, silencio, estética y misterio. No reniego de eso. La imagen puede ser arte. Puede ser lenguaje. Puede ser símbolo. Puede ser una forma de proteger una visión y hacer que algo se sienta más grande.

Pero una cosa es usar la imagen conscientemente como herramienta creativa, y otra vivir rodeado de personas que convierten cada interacción humana en performance.

Yo puedo aceptar la imagen en una marca. Incluso puedo admirarla cuando está bien construida. Lo que me cuesta soportar es la imagen como sustituto de la verdad en las relaciones humanas.

Me cansa la gente que juega a enganchar. Me cansa la gente que necesita atención constante. Me cansa quien no tiene una posición propia hasta que ve cuál queda mejor. Me cansa quien dice que es selectivo pero se mueve como si estuviera siempre buscando reacción. Me cansa quien convierte conversaciones simples en pequeñas pruebas de poder. Me cansa quien romantiza el caos, la irresponsabilidad o el peligro porque le parece intenso o atractivo.

No quiero eso cerca.

No busco personas perfectas. Yo tampoco lo soy. Tengo cosas buenas y cosas malas. Sé que a veces puedo esperar demasiado de los demás. Sé que mi cabeza opera de una forma intensa, analítica y en demasiadas capas. Sé que puedo sobreleer cosas, anticipar demasiado, exigir coherencia donde otros simplemente están improvisando. Pero también sé que no quiero vivir fingiendo que no veo lo que veo.

Hay diferencias reales entre personas. De capacidad, de sensibilidad, de criterio, de profundidad, de belleza, de carisma, de fuerza, de inteligencia, de disciplina, de calma. Negarlo por falsa moral me parece absurdo. No somos iguales en capacidades. Lo que sí debería ser igual es la dignidad humana.

Yo no creo valer más que nadie. Pero tampoco quiero fingir que no destaco en ciertas cosas solo para que otros se sientan cómodos. Igual que acepto que hay gente más alta que yo, más guapa que yo, más fuerte que yo, más social que yo, más magnética que yo o más talentosa que yo en mil áreas, también puedo aceptar que mi mente opera con una capacidad distinta en ciertos ámbitos.

Eso no debería ser arrogancia. Debería ser precisión.

El problema es que la sociedad tolera muy mal la precisión cuando toca inteligencia, ambición o capacidad. Puedes decir “soy bajo” y nadie se ofende. Puedes decir “no soy bueno en deporte” y nadie se ofende. Pero si dices “soy muy inteligente” o “pienso de forma distinta a la media”, automáticamente parece que estás diciendo que eres superior. Y no es eso.

Es simplemente reconocer una diferencia.

Lo que quiero en mi vida no es gente que me adore ni que me ponga en un pedestal. No necesito fans. No necesito personas que me digan que todo lo que hago es increíble. Necesito gente real. Gente con criterio. Gente que pueda decirme la verdad. Gente que no convierta todo en un juego de atención. Gente que no necesite performar constantemente para sentirse valiosa. Gente que pueda estar conmigo sin estar calculando qué imagen proyecta.

Quiero relaciones donde pueda descansar.

Donde no tenga que analizar cada señal. Donde no tenga que preguntarme si alguien está jugando conmigo, provocándome, intentando generar celos, adaptándose a lo que quiero o usando misterio para enganchar. Quiero personas que tengan una posición propia. Que puedan equivocarse, sí, pero desde un lugar real. Que puedan no entenderme del todo, pero respetar lo que soy. Que no necesiten competir con mi mundo ni reducirlo a una oportunidad para ellas.

Porque yo ya juego suficiente con la imagen en el terreno donde tiene sentido: en la marca, en la estética, en la construcción pública de Disocy, en la forma de comunicar una visión. Ahí la imagen es una herramienta. Ahí el misterio tiene función. Ahí la percepción forma parte del lenguaje.

Pero en lo íntimo quiero otra cosa.

Quiero verdad. Quiero calma. Quiero coherencia. Quiero profundidad sin teatro. Quiero poder ser intenso sin tener que pedir perdón por ello. Quiero poder hablar de lo que estoy construyendo sin sentir que estoy compitiendo por atención. Quiero poder admirar a alguien no por cómo se proyecta, sino por cómo es cuando no necesita proyectarse.

Quizá por eso me molesta tanto esta época. Porque siento que la realidad muchas veces queda por debajo de la imagen. Como si lo importante ya no fuera ser, sino parecer de una forma suficientemente convincente. Y eso puede llevar a alguien lejos, sí. Pero también deja una sensación de vacío enorme.

Yo no quiero vivir así.

Puedo entender el juego. Puedo jugarlo cuando haga falta. Puedo usarlo para proteger una visión, construir una marca o moverme por el mundo. Pero no quiero que mi vida íntima sea eso. No quiero que mis relaciones sean un tablero constante. No quiero estar cerca de personas que me obliguen a estar en modo análisis todo el rato.

Quiero construir algo real. Quiero rodearme de gente real. Y quiero recordar que no todo lo que brilla, atrae o genera tensión tiene profundidad.

A veces perder interés por alguien no es frialdad. Es criterio volviendo al sitio.